El Ebro que quiere la Expo
Dejando a un lado las reticencias que la mayoría teníamos respecto a la necesidad de una Exposición Internacional en nuestra ciudad, algunos de nosotros vimos este evento como una oportunidad de cambiar el modo de hacer respecto al medio ambiente en general, y a los ríos en particular en esta ciudad. Confiamos, en razón del lema que justificaba el evento y de la gente que lo había promovído, en que serviría para recuperar nuestros ríos y riberas y para plantear de una vez otro tipo de desarrollo ( un desarrollo medioambiental, cultural y socialmente sostenible) de la ciudad. Otro tipo de relación con nuestros ríos y riberas, que provocara en la sociedad un cambio en la comprensión de su valor y su función. Permitiendo (en un objetivo ambicioso) la coexistencia de unos ríos que hubieran recuperado su salud y su “naturalidad”, con un medio urbano que respetara ese espacio y que permitiera a la vez a la sociedad acercarse y perder el miedo y la desconfianza hacia los ríos, de los que siempre ha sentido más temor que amor.
Con esta esperanza, aparcamos diferencias y nos propusimos colaborar para alcanzar esos objetivos, plasmados en unos Planes de Riberas del Ebro, Gállego y Canal Imperial.
Sin embargo, y a pesar de las declaraciones y planteamientos teóricos de los responsables de la Expo, pronto nos encontramos con las realidades. La obstinación por parte del Ayuntamiento en hacer un azúd en el Ebro daba al traste con el objetivo de hacer una gestión medioambientalmente sostenible, o siquiera de preservar minimamente sus condiciones ambientales. El proyecto del azud ha seguido adelante a pesar de las voces críticas de expertos, técnicos y organizaciones sociales, y de que se desmarcara del proyecto la empresa hidroelectrica que lo iba a construir, por su falta de rentabilidad empresarial y los problemas de seguridad asociados.
Los Planes de Riberas, al ir poniendose en marcha, han puesto en evidencia que no suponían ningún cambio en la concepción tradicional de tratamiento de riberas: lo primero son los conceptos teóricos y las viejas soluciones técnicas establecidas y lo último es el río. Lo único que se consiguió fue suavizar algunos de estos tratamientos, que en definitiva lo que plasman es una artifialización de las riberas.
Finalmente, y sabiendo que era una acción necesaria en el modelo de río diseñado , y ocultando hasta el final su necesidad, se plantea la mayor agresión contra el río Ebro: su dragado.
Con él se acaba de cerrar el modelo de río que se tenía pensado. Al contrario que los discurso sobre agua y desarrollo sostenible (ahora sabemos que vacíos), la imagen que acaba plasmándose, proveniente del cerebro de los responsables del evento, es la de una superfice azul y tersa, de aguas lentas, surcada por barcos de recreo, y enmarcada en orillas de cesped verde y embarcaderos de madera.
Nada que ver con el río Ebro, para el que lo conozca.
Se intenta plasmar aquí la fantasía soñada de ríos de otras latitudes y otra naturaleza (y, porqué no decirlo, de otras ciudades, a las que ésta no se parece), aunque para ello haya que someter, incluso eliminar, este río y su naturaleza.
Eso en Zaragoza sí lo sabemos hacer. Ya lo hicimos con el Huerva.